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LA PAZ MARCHA. LA JUSTICIA MARCHITA

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Por Andrés Felipe Giraldo López

El pasado 9 de abril muchos marcharon por la paz. No sé cuántos de los marchantes eran conscientes de que su caminata a la luz de la Constitución era una alegoría hermosa al artículo 22: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Animado por la marcha, días antes, estuve buscando el artículo de la Constitución que consagrara con la misma contundencia: “La Justicia es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Pero no lo encontré. Quizás si hilara delgado y entre líneas, allí está. Se puede deducir. Es tan obvio que no es necesario explicitar que la Justicia es eso. Pero me quedó ese mal sabor en la boca de que con la historia la Justicia no se añeja: Se marchita.

Recordé mis textos de colegio que me hablaron de la guerra de los mil días. De la tal “paz” del barco Wisconsin a principios del siglo XX. Que no fue más que la capitulación de los liberales que mansamente se dejaron oprimir por los conservadores hasta la masacre de las bananeras en 1928. Recordé los pactos de Benidorm y Sitges en España que marcaron el fin de la “época de la violencia” en la segunda mitad de la década del 50 para dar paso al Frente Nacional, ese acuerdo entre las grandes personalidades de los partidos liberal y conservador para repartirse el poder político y la burocracia estatal como grandes socios que están dividiendo por la mitad una finca para no pelear más. Y todo en nombre de la tal “paz”. Un acuerdo tan excluyente y antidemocrático, que mandó a la clandestinidad armada a la izquierda, esa izquierda de antaño que hoy envilecida, pacta otra “paz” con tanta similitud a las anteriores, que causa una mezcla entre risa y rabia.

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En estos procesos tan alentadores la “paz” fue el argumento. Y la Justicia debió ceder a esa “paz” toda su majestad, todo su sentido aristotélico tanto en lo distributivo como en lo conmutativo. La Justicia sencillamente fue la gran damnificada, la gran ausente, la gran relegada. Todo en nombre de la “paz”.

Y ahora muchos han marchado en nombre de la “paz”. Otra vez la Justicia es algo secundario. No aprendemos. Estamos incubando una nueva violencia. Como se incubó la represión conservadora en el Wisconsin o como se incubó la represión estatal con el Frente Nacional. Ahora estamos incubando una nueva represión. Lo peor es que será la represión de la incertidumbre, porque no sabemos quién va a capitalizar esta “paz” insulsa y vacía para oprimir, para imponerse por la vía de la violencia, para confiar en que todo atropello será justificado, perdonado y olvidado en un nuevo proceso de “paz” en el futuro.

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La historia ha demostrado que la Justicia soslayada es la génesis de una nueva violencia. Que el perdón nunca es genuino si no proviene de las víctimas. Que no son las élites revolucionarias oligarquizadas y la rancia oligarquía histórica de cuatro o cinco apellidos presidenciales, los representantes legítimos de las facciones enfrentadas de víctimas y victimarios que se han masacrado por décadas en nombre de una revolución que nunca ha existido. Colombia marchó para apoyar lo que pasa en La Habana, lo que pasó en Benidorm y Sitges y lo que pasó en el barco Wisconsin. Colombia marchó para aceptar sistemáticamente que está condenada a apoyar esa “paz” de mentiras para suponer ingenuamente que todo estará mejor. Colombia ha marchado de nuevo pisoteando a la Justicia, esa que no se negocia con wiski y shows mediáticos entre opresores sonrientes.

Cuando la sociedad colombiana comprenda que el único pilar que realmente necesita para conseguir la Paz, la verdadera Paz, son las marchas de todos los días al trabajo, a la escuela, al hogar y a todos los lugares de esta dolida Patria para construir una sociedad más justa, no tendremos payasos disfrazados de estadistas y revolucionarios negociando nuestra miseria histórica para repartirse con una sonrisa cínica el poder. Tendremos en cambio generaciones orgullosas de unos antepasados que entregaron su vida a una marcha tan simple como la de ser buenas personas y que construyeron la Justicia justa para edificar una paz verdadera.

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Andrés Felipe Giraldo López (Bogotá, 1974). Politólogo y Especialista en Periodismo de la Universidad de los Andes. Magíster de Flacso Argentina. Actualmente dirige el Programa de Ciencia Política de la Universidad de Ibagué.

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