HISTORIA GRÁFICA DE SOACHA (86)-

¡El verdadero sentido de la modernidad en Colombia quedó plasmado por la fotografía, Soacha Ilustrada hace un aporte a la reconstrucción de la historia del municipio de Soacha y pone a disposición de sus lectores su página de HISTORIA!

En 1986 la ruta Expreso del País, salía de San Humberto, se desplazaba por Bosa hasta coger la Avenida de las Américas y luego tomaba la calle 34.
En 1986 la ruta Expreso del País, salía de San Humberto, se desplazaba por Bosa hasta coger la Avenida de las Américas y luego tomaba la calle 34.

Soacha es una ciudad que cambia vertiginosamente, hoy algunos si acaso recuerdan los lugares que solían recorrer unos pocos años atrás. Es por eso que echarle un recuerdo al pasado reciente ayuda a construir la identidad de lo que se es al haber nacido o vivido en el municipio de Soacha.

Viajar en buseta a Soacha, cuestión de supervivencia

Tomar un bus, buseta o colectivo en Soacha a la hora de la mañana era un completo infierno, si se vivía cerca al paradero pues no se tenía ningún problema, pero si tenía que salir a cogerlo a la autopista era una completa proeza. Parados a la orilla de la vía se las veía pasar excesivamente repletas, sobrepasando la cuota decente del sobrecupo.

Como latas de sardinas las busetas de Soacha no eran aptas para claustrofóbicos, sobre todo en las horas pico. El conductor,  inmerso en la cruel “guerra del centavo”, trataba de todas las formas posibles de embutir hasta por las rendijas a los pasajeros, sin importar cómo se las arreglaban atrás.

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Aunque en la vida se encuentran diferentes tipos de personas y en este caso varios tipos de conductores de buseta, los de Soacha generalmente tenían algo en común y era escuchar su música o su emisora favorita a todo volumen. Los géneros musicales de estos “cavernícolas” oscilaban entre la ranchera, el tropical, la plancha, pasando por el vallenato, el rap y la música cristiana. Tanto Giovanny Ayala, Alci Acosta o UB40 se encargaban de hacer del viaje un  infierno para cualquier pasajero.

Pero si de escuchar se trataba estos eran completamente sordos porque generalmente nunca escuchaban cuando el pasajero timbraba y se quería bajar, generalmente terminaban llevándolos varias cuadras más allá. Otros inclusive ni siquiera se toman el trabajo de dejar al pasajero cuando este tocaba tierra, sino que arrancaban de improviso dejando al usuario tendido cuan largo era.

Hombres, mujeres, niños y ancianos, nadie tenía trato especial, pero igual como ocurre en la alcaldía con los contratistas, las muchachas en minifalda siempre tenían prioridad y en la cabina por arte de magia siempre se encontraba un puesto disponible.

El bus o cebollero generalmente tenía la vieja y herrumbrosa silletería “Blue Bird”, con su olor a metal oxidado y sus ventanas totalmente descuadradas. En cambio las busetas presentaban una silletería de cuero, generalmente con rotos donde se le salía la espuma y uno que otro resorte. No importaba el material lo cierto es que absolutamente todas presentaban el graffiti en esfero o marcador donde el “HP” y la obscenidades sexuales se mesclaban con corazones, escudos de Santa Fe y otras obras de arte como “x100pre Millitos”. Aunque esto en realidad era de lo de menos, comparado con lo que se podría encontrar en ellas, chicles, alfileres, vómitos, manchas de escatológicos orígenes, o sillas mojadas hacían las delicias de estos pasajeros convertidos en victimas de ocasión.

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En este país la situación del colombiano del común siempre ha estado en el límite de la supervivencia, pero inclusive los más arrancados siempre tendrán como último recurso el rebusque y para eso las busetas eran como bendecidas por Dios. Algunos vendían galletas, chicles, cuadernos, esferos, otros pulseras, llaveros, pomadas milagrosas, en fin, pero esto era aceptable en comparación con los que se subían a pedir monedas “porque tenían un familiar en el hospital”, o que “tenían que comprarle pañales al recién nacido”, o el que “necesitaba dinero para el funeral del papa”, de los desplazados, de “los acababan de salir de prisión y eran de muy lejos”; eran tan habituales estas historias de dolor donde siempre estafan a los mismos incautos que ya simplemente como autómatas les entregaban las monedas con tal de que se bajaran rápido de la buseta.

En Soacha, “Caballero” era un apellido en vía de extinción, más si se viajaba en estos vehículos, las damas tenían que soportar el largo y tortuoso recorrido a pie, ya que ningún parroquiano se dignaba ceder su silla y nunca faltaba el cretino que se hacía el dormido para no ceder el puesto, aunque había casos excepcionales con las mujeres embarazadas, con niños de brazos y mujeres mayores.

Todo el mundo odiaba ese transporte, pero como cosas de la vida, hoy con el servicio de Transmilenio y el caos en las estaciones, muchos extrañan las busetas de ese tiempo.

Diciembre 13 de 2014

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