El sabor jamaiquino de Sean Paul, la salsa de Grupo Niche y la particular puesta en escena de Andrés Calamaro protagonizaron una jornada cargada de música, nostalgia y algunas sorpresas en el Parque Simón Bolívar.
El primer día del Festival Cordillera 2026, en Bogotá, dejó una mezcla de ritmos, generaciones y momentos inesperados. Desde el sabor jamaiquino de Sean Paul, pasando por la salsa de Grupo Niche, hasta la particular presentación de Andrés Calamaro, la jornada tuvo de todo: baile, nostalgia, problemas técnicos y hasta una capa de torero.
El festival, que reúne en el Parque Simón Bolívar a artistas de diferentes generaciones y procedencias, volvió a apostar por una combinación de sonidos contemporáneos con agrupaciones y cantantes que forman parte de la memoria musical de varias generaciones latinoamericanas.
Y precisamente esa mezcla fue la protagonista de la primera jornada.
Sean Paul y el inesperado “muchas gracias, Soacha”
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Uno de los momentos que más llamó la atención ocurrió durante la presentación de Sean Paul, uno de los grandes referentes internacionales del dancehall y el reggae jamaiquino.
El artista conectó rápidamente con el público bogotano y, en medio de su presentación, lanzó una frase que probablemente nadie tenía presupuestada y que provocó sorpresa y risas entre los asistentes:
“Muchas gracias, Soacha”.
Y ahí apareció la pregunta colectiva: ¿Soacha?
La inesperada mención del municipio cundinamarqués no pasó inadvertida. Nadie parecía tener muy claro por qué Sean Paul decidió agradecer específicamente a Soacha, pero la frase terminó convirtiéndose en uno de los momentos curiosos de la noche.
El público bogotano, acostumbrado a que artistas internacionales confundan ciudades, países y continentes, decidió recibir la equivocación con humor. Al fin y al cabo, en un festival donde el público paga una buena suma para escuchar música, tampoco parecía el momento para ponerse geográfico.
Quizás Sean Paul sabía perfectamente dónde estaba. Quizás no. El jamaiquino no necesitó demasiado discurso y dar explicaciones. Para eso están las canciones.
Sean Paul salió al escenario con lo que se esperaba de él: ritmo, energía y una colección de canciones capaces de convertir cualquier espacio en una discoteca multitudinaria.
Calamaro, una capa y el debate taurino
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Otro de los artistas que aparecía entre los nombres imperdibles del Festival Cordillera era Andrés Calamaro.
El argentino, sin embargo, tuvo que lidiar con uno de los principales problemas de la jornada: el sonido.
La calidad del audio dificultó la experiencia para una parte considerable del público. Quienes se encontraban hacia la mitad y en la zona posterior de la multitud tuvieron problemas para escuchar con claridad las palabras del cantante y, en algunos momentos, incluso las canciones parecían llegar desde una enorme distancia.
Aun con las dificultades técnicas, Calamaro intentó establecer comunicación con sus seguidores y volvió a expresar algunas de sus posiciones frente a la tradición taurina, una postura que ha generado controversia en Colombia.
Al finalizar su presentación, el músico realizó una venía junto a su equipo y, como ya ha ocurrido en otras presentaciones, sacó una capa y toreó el aire, recreando algunos de los movimientos propios de la tauromaquia.
La escena no dejó de ser polémica en un país donde la discusión sobre las corridas de toros, la tortura y el maltrato animal ha adquirido cada vez mayor fuerza y donde la sociedad y las autoridades han avanzado en medidas para restringir esta práctica.
El gesto también recordó el episodio ocurrido en Cali en mayo de 2025, cuando Calamaro abandonó el escenario antes de terminar su presentación después de recibir abucheos por sus posiciones en defensa de la comunidad taurina.
Y entonces apareció Niche
A las nueve de la noche llegó el momento en que el festival dejó de parecer una feria de nostalgia y, por un rato, se convirtió simplemente en una fiesta.
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Grupo Niche
Pantalones blancos, camisetas amarillas, músicos perfectamente sincronizados y una fórmula que no necesita demasiada explicación.
“Buenas noches, Bogotá. No vamos a hablar mucho, para regalarles mucha música”.
Y cumplieron.
Porque cuando comenzaron a sonar “Gotas de Lluvia”, “Una Aventura”, “Cali Pachanguero”, “Busca por Dentro” y “Nuestro Sueño”, ocurrió algo que ningún discurso sobre experiencias, tendencias o generaciones necesitaba explicar.
La gente bailó.
Bailaron los que llegaron al festival buscando recordar sus mejores años. Bailaron los que probablemente ni siquiera habían nacido cuando algunas de esas canciones comenzaron a sonar. Bailaron los que habían comprado la entrada por un artista distinto y terminaron descubriendo que la salsa era capaz de hacer mucho más por la temperatura corporal que las chaquetas.
El frío bogotano perdió la batalla.
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La aparición de Juliana, “La Colombiana”, para interpretar “Sin Sentimiento”, terminó de completar una presentación que para muchos se convirtió en la mejor de la noche.
Niche no necesitó pirotecnia conceptual, discursos sobre innovación ni grandes explicaciones sobre la importancia de la cultura latinoamericana.
Puso música y la gente bailó.
A veces eso es suficiente.
Su presentación en Bogotá confirmó algo más sencillo: la nostalgia funciona.
Y funciona muy bien cuando hay miles de personas dispuestas a bailar canciones que escucharon hace veinte años.

¿Festival cultural o gran negocio con música?
Y aquí aparece la pregunta incómoda.
El Festival Cordillera se presenta como un encuentro alrededor de la música latinoamericana, sus sonidos y sus generaciones. Pero basta caminar por el Parque Simón Bolívar para descubrir que aquello tiene mucho más de gran espectáculo comercial que de encuentro cultural.
Hay música, por supuesto.
Pero también hay marcas, consumo, comida, bebidas, publicidad, experiencias patrocinadas y una multitud convertida en mercado durante varias horas.
No hay nada particularmente malo en eso. Los festivales cuestan dinero, los artistas cobran, la infraestructura cuesta y alguien tiene que pagar la cuenta.
El problema aparece cuando a una gigantesca operación comercial se le coloca encima la etiqueta de “cultura” como si eso automáticamente la transformara en patrimonio.
El Cordillera parece vender otra cosa: la posibilidad de volver a sentirse joven durante un fin de semana.
Sean Paul vende el recuerdo de las discotecas de los 2000. Niche vende la memoria de quienes crecieron con salsa. Calamaro vende rock, irreverencia y polémica. Y el festival empaqueta todo eso, le pone escenarios, patrocinadores y una entrada, y lo convierte en producto.
Funciona.
Y funciona muy bien.
Porque miles de personas llegaron al Simón Bolívar no necesariamente para reflexionar sobre la cultura latinoamericana, sino para cantar las canciones que conocen, descubrir alguna que no conocen, tomarse unas fotos y demostrar en redes sociales que estuvieron allí…