Soacha y la Autopista Sur: cuando bajar los accidentes no significa salvar más vidas

Por Henry Barbosa

Hay estadísticas que deberían producir satisfacción y otras que deberían producir vergüenza. En la Autopista Sur tenemos las dos al mismo tiempo: disminuyen los siniestros, pero las muertes no parecen haberse enterado.

La Autopista Sur, ese interminable corredor que conecta a Soacha con Bogotá y que diariamente obliga a miles de personas a enfrentarse a trancones, obras, desvíos, cambios de circulación y una infraestructura que no siempre parece diseñada para la realidad que soporta, registró 2.204 siniestros viales entre 2021 y 2025, según cifras reportadas por la Alcaldía de Soacha. De ellos, 193 estuvieron relacionados con personas fallecidas y 1.102 con personas heridas. Son números suficientemente grandes como para que nadie pueda despacharlos con la habitual explicación de que “la gente debe tener más cultura vial”.

Porque la estadística tiene una particularidad bastante incómoda. En 2021 se registraron 890 siniestros y en 2025 apenas 231. Una reducción enorme que, en cualquier informe institucional, seguramente merece una fotografía, un comunicado y varias declaraciones sobre los resultados de la gestión. El problema es que cuando uno mira la cifra que realmente importa —la de las personas que perdieron la vida— la historia cambia. Los casos relacionados con personas fallecidas pasaron de 37 en 2021 a 67 en 2025, mientras que en 2023 y 2024 se registraron 42 cada año. Es decir, podemos celebrar que ocurran menos siniestros, pero sería bastante prematuro concluir que la Autopista Sur se ha convertido en un lugar sustancialmente más seguro.

Y aquí comienza el problema de fondo: en Colombia tenemos una extraordinaria habilidad para convertir la seguridad vial en una conferencia dirigida exclusivamente al ciudadano. No corra. No se distraiga. No adelante. No cruce por donde no debe. Use el casco. Respete las señales. Sea responsable. Todo eso está bien, por supuesto. Lo que resulta curioso es que casi siempre olvidamos formular la pregunta complementaria: ¿qué responsabilidad tiene la propia vía sobre lo que ocurre en ella?

Porque una carretera no es un elemento neutro. Su diseño, iluminación, señalización, cruces, intersecciones, condiciones de circulación, obras y manejo del tránsito también participan en la construcción del riesgo. Y la Autopista Sur lleva años sometida a una combinación particularmente compleja de congestión, intervenciones, cambios de circulación, desvíos, obras y necesidades de movilidad que superan con frecuencia la capacidad de la infraestructura existente. Pretender que todo se resuelve diciéndole al ciudadano que “tenga cuidado” es una forma bastante cómoda de simplificar un problema que claramente no es sencillo.

Las obras de las fases II y III de TransMilenio, por ejemplo, son necesarias para mejorar la movilidad y ampliar la infraestructura de transporte. Nadie debería cuestionar la necesidad de que Soacha tenga mejores sistemas de movilidad. Pero una cosa es ejecutar una obra necesaria y otra asumir que durante su ejecución (10 años), la población debe resignarse a cualquier condición de circulación. Cuando una vía cambia permanentemente, aparecen cierres, desvíos, modificaciones en los flujos vehiculares y peatonales o sectores donde la señalización y la iluminación no son suficientes, la seguridad deja de depender únicamente del comportamiento individual. También depende de la calidad con que se haya diseñado y administrado esa transformación.

Y aquí aparece una de las grandes ironías de nuestra manera de entender la movilidad: cuando algo sale mal, la primera sospecha suele caer sobre quien está detrás del volante, sobre el motociclista o sobre el peatón. Es mucho más difícil encontrar titulares preguntando si el diseño de la vía era adecuado, si el cruce estaba correctamente resuelto, si la señalización era suficiente, si la iluminación permitía ver con claridad o si la intervención de una obra estaba produciendo condiciones adicionales de riesgo. El ciudadano tiene una enorme responsabilidad, pero las instituciones también deberían asumir la suya, especialmente cuando son ellas las que diseñan, autorizan, ejecutan o supervisan las transformaciones del espacio público.

Ahora bien, para completar el cuadro aparecen las cámaras de fotodetección. La Agencia Nacional de Seguridad Vial autorizó ocho puntos en diferentes tramos de la Autopista Sur en Soacha. Y seguramente habrá quienes piensen que, una vez instaladas, la seguridad vial estará prácticamente resuelta. Sería maravilloso que una cámara pudiera hacer tanto. Lamentablemente, la tecnología tiene sus limitaciones: puede detectar una infracción de velocidad, pero no puede iluminar una calle, construir un paso peatonal, terminar una obra, corregir un desvío mal diseñado ni organizar el tránsito cuando la infraestructura queda temporalmente alterada. La cámara puede fotografiar al infractor; no puede fotografiar las deficiencias de la vía y convertirlas automáticamente en soluciones.

Por supuesto que controlar la velocidad es importante. También lo es combatir las maniobras peligrosas, las distracciones y los cruces indebidos. Pero si la política de seguridad vial termina reducida a controlar y sancionar al ciudadano, mientras las condiciones físicas y operativas de la vía permanecen en segundo plano, habremos conseguido algo bastante peculiar: una carretera cada vez más eficiente para producir comparendos, pero no necesariamente una carretera capaz de garantizar que sus usuarios regresen vivos a casa.

La discusión, entonces, debería ser mucho más incómoda. No basta con preguntar cuántos accidentes ocurrieron. Hay que preguntar dónde ocurrieron, bajo qué condiciones, qué tipo de infraestructura existía, cómo estaba señalizado el sector, cuál era la iluminación, qué ocurría con los peatones, cómo funcionaba el tránsito y qué modificaciones estaban realizando las obras. Hay que analizar los puntos críticos y establecer si los problemas se repiten. Porque si un mismo corredor registra durante años consecuencias graves, insistir únicamente en que los usuarios deben comportarse mejor puede terminar siendo una manera elegante de no mirar el problema completo.

La Autopista Sur es indispensable para Soacha y para la conexión con Bogotá. Precisamente por eso no puede ser tratada como una simple vía por la que deben pasar vehículos cada vez en mayor número mientras la infraestructura intenta sobrevivir a la presión. Una ciudad que crece necesita mucho más que pavimento: necesita planificación, transporte público, cruces seguros, iluminación, señalización, control, infraestructura para peatones y ciclistas y una coordinación institucional capaz de anticipar los riesgos antes de que aparezcan las estadísticas de muertos y heridos.

Porque hay una diferencia fundamental entre administrar el tráfico y administrar la seguridad. El primero consiste en lograr que los vehículos circulen. El segundo consiste en lograr que las personas lleguen a su destino. Y cuando ambos objetivos entran en conflicto, una política pública seria debería tener absolutamente claro cuál de los dos merece prioridad.

La reducción de los siniestros totales es una noticia positiva. Pero una administración responsable no debería conformarse con celebrar ese descenso mientras los registros de casos con personas fallecidas permanecen prácticamente estancados o incluso aumentan frente a 2021. Si la meta es verdaderamente proteger la vida, entonces la pregunta no puede ser simplemente cuántos accidentes conseguimos reducir, sino cuántas vidas conseguimos proteger y qué hicimos para evitar que la próxima estadística tenga nombre y apellido.

La Autopista Sur no necesita únicamente conductores prudentes, peatones cuidadosos y motociclistas responsables. Necesita también autoridades que entiendan que la seguridad vial no comienza con una cámara ni termina con un comparendo. Comienza mucho antes: en el diseño, en la planeación, en la señalización, en la iluminación, en la infraestructura y en la forma como se ejecutan las obras.

Porque cuando una ciudad se acostumbra a convivir con el riesgo, lo verdaderamente peligroso no es solamente el accidente. Es que terminemos aceptándolo como parte normal del paisaje.

Y una Autopista Sur donde morir sigue siendo una posibilidad cotidiana no puede presentarse como una historia de éxito simplemente porque ahora ocurren menos accidentes.

Eso no es seguridad vial.

Es estadística con maquillaje.

henrybarbosa@outlook.com

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