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Al país le espera otra guerra

Hoy la infección silenciosa de la corrupción ha hecho metástasis en el sistema hasta el punto de que no hay Gobierno, municipio o departamento a salvo de esta gangrena.

CORRUPTION

Por Ricardo Usaquén, exclusivo para Soacha Ilustrada.

El Gobierno de Juan Manuel Santos acaba de firmar un Acuerdo de Paz con las guerrillas de las Farc, acabando una guerra de más de 50 años.

Para la gran mayoría de colombianos es acabar con una de las épocas más negras de la historia del país, para otros, los que se han acostumbrado a vivir y lucrarse de la guerra, el país caerá en manos del castro-chavismo y piden votar No al Plebiscito.

Con la desaparición de las Farc y su conversión en partido político, se espera que el país entero entre en una etapa de adelanto social, desarrollo económico y fortalecimiento democrático, sin embargo, las cosas no son así, Colombia entera tarde que temprano tendrá que enfrentar un enemigo que ha causado más sangre, más tragedias y más dolor que las balas de la guerrilla y es la corrupción.

Pues si señores, la corrupción es de lejos una de las peores lacras del país, diariamente vemos como cientos de políticos con causas judiciales pendientes, posan de honorables en un sistema judicial que favorece la impunidad, mientras los partidos en una muestra reveladora de corrupción multipartidista miran para otro lado o pasan de agache. Colombia es un ejemplo de cómo la codicia reú­ne, incluso, a políticos de ideologías contrapuestas (derecha e izquierda) en el saqueo de las arcas públicas.

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Tarde que temprano tenemos que enfrentar a todos los que han construido un entramado dirigido a manipular las adjudicaciones públicas a cambio de no solo cuantiosas comisiones, sino que también forman parte de toda una red de corrupción con los mismos contratistas beneficiados con esos contratos, para no cumplir con lo estipulado en ellos.

Hace algunos años se conoció una encuesta donde los colombianos percibían que la corrupción era la mayor causante de violencia e inequidad en el país, siendo la esfera política de lejos el sector más corrupto, luego la justicia y en tercer lugar la empresa privada. El 84% de los encuestados opinaban que los partidos eran corruptos, mientras que el 72% creía lo mismo de sus políticos. Un récord que deja en el suelo la honra de los políticos, igual al 75% de los preguntados que opinaba que el sistema judicial favorecía la impunidad de los corruptos. Para entender el impacto social que tiene el robo de los recursos públicos, encuestados los empresarios, estos admitieron que, en promedio, el 20 por ciento del valor de un contrato se destina al soborno o las “mordidas”, un equivalente a la astronómica cifra de 4,9 billones de pesos.

¿Es Colombia un país corrupto? El largo historial de escándalos que como un karma cada día se viene conociendo, ha desenterrado el viejo estigma del país condenado fatalmente a repetir sus desvergüenzas prácticamente desde su misma fundación. Repasar esta faceta de corrupciones de la historia colombiana, es un ejercicio tan desconcertante como equívoco en la medida en que puede hacernos creer que la corrupción es un problema que forma parte del ADN nacional.

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El Estado se ha mostrado altamente permeable a la penetración de las tramas corruptas gracias en parte a que la Constitución del 91 no supo atajar estas sucias prácticas, hoy la infección silenciosa de la corrupción ha hecho metástasis en el sistema hasta el punto de que no hay Gobierno, municipio o departamento a salvo de esta gangrena.

La Procuraduría es un chiste malo, una entidad que se caracteriza por su ineficiencia, politización y corrupción, que cayó en manos del nefasto procurador Ordóñez, un adalid de los privilegios, quien agazapado administró justicia con odio y que, con el propósito de cobrar viejas rencillas personales o políticas, favoreció a sus amigos, copartidarios y excolegas. Un mediocre radical cuyo paso ilegal por esa entidad la dejó herida de muerte y le hizo un daño enorme al país. Hoy la Procuraduría es un fardo medieval, inane, cuyo simíl no existe en ningún país del mundo.

En nuestro país, el fraude, el abuso de autoridad, el tráfico de influencias, el nepotismo no van a ser erradicados con los acuerdos de paz. Si algo queda bien claro es que la corrupción no es exclusiva de los políticos. Es el reflejo de nuestra sociedad.

Adiós y hasta el siguiente escándalo de corrupción.

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