Carlos Caicedo, distanciado del ala de la izquierda que lidera el presidente Gustavo Petro, parece ignorar el viejo adagio de “divide y reinarás”.
Un ejemplo claro de cuando los políticos quieren atragantarse del poder, utilizando la ideología en beneficio propio y menospreciando las capacidades humanas e intelectuales de los que en mala hora creen en sus promesas de democratización y del bien común es el dirigente samario Carlos Caicedo, amo y señor del movimiento Fuerza Ciudadana.
En las elecciones de 2019, Caicedo fue elegido gobernador del Magdalena para el periodo 2020-2023 con el 58 por ciento de los votos, con lo que él y su movimiento Fuerza Ciudadana se consolidaron como una fuerza política regional.
Caicedo fue elegido Gobernador del Magdalena con más de 500 mil votos, sin embargo, al acercarse las elecciones a la alcaldía del Magdalena de 2023, Caicedo no encontró entre los dirigentes de su movimiento y entre sus votantes un candidato que tuviera la idoneidad, las capacidades profesionales y la experiencia administrativa para ser alcalde de la ciudad de Santa Marta.
Pese a los consejos, recomendaciones y advertencias decidió lanzar por su movimiento Fuerza Ciudadana a su hermana Patricia Caicedo como candidata a la Alcaldía de Santa Marta. A pocos días de realizarse las elecciones, el Consejo Nacional Electoral (CNE), en sala plena, decidió revocar la candidatura de Patricia Caicedo por encontrarse inhabilitada para participar en la contienda del 29 de octubre de 2023, derivada de su vínculo familiar con quien para entonces ejercía como gobernador del Magdalena.
Ante la decisión del CNE, y pocos días de realizarse las elecciones, Caicedo no tuvo otra que aceptar la inscripción de un integrante de su movimiento político ajeno a su familia, Jorge Agudelo Apreza fue el escogido.
Agudelo resultó ganador en una reñida elección definida por foto finish. Obtuvo 85.404 votos, frente a los 85.372 de su rival, Carlos Pinedo Cuello.
Sin embargo, posteriormente Carlos Pinedo Cuello —candidato avalado por Cambio Radical, el Centro Democrático y el Partido Liberal— fue declarado ganador luego de que un fallo del Tribunal Superior de Santa Marta dejara sin efecto los votos obtenidos por Jorge Agudelo, aspirante del partido Fuerza Ciudadana.
El tribunal determinó que la inscripción de Agudelo se realizó cuando ya había vencido el plazo legal, lo que invalidó su candidatura y, en consecuencia, los sufragios a su favor.
La tozudez política de Carlos Caicedo y su afán por concentrar el poder terminaron, paradójicamente, entregándole la Alcaldía de la capital del Magdalena a sus más enconados adversarios: los sectores más tradicionales y conservadores de la extrema derecha departamental.
Un episodio que no solo dejó al descubierto una grave falta de cálculo político y jurídico, sino que también expuso una contradicción profunda entre el discurso y la práctica. Mientras se habla de participación, renovación y democracia, las decisiones terminan concentrándose en círculos cerrados, donde los lazos familiares y el apellido pesa más que la meritocracia y la institucionalidad.
Ahora, Carlos Caicedo, distanciado del ala de la izquierda que lidera el presidente Gustavo Petro, parece ignorar el viejo adagio de “divide y reinarás”. El exgobernador anunció que se presentará directamente como candidato en la primera vuelta presidencial, descartando su participación en la consulta del Pacto Amplio —antes conocido como Frente Amplio—, coalición en la que confluyen figuras como Roy Barreras, Camilo Romero e Iván Cepeda.
“Después de haber recogido 2,6 millones de firmas ciudadanas, una de las expresiones más amplias de respaldo popular a una candidatura independiente en la historia reciente de Colombia, he tomado una decisión de fondo frente al país: me presentaré directamente a la primera vuelta presidencial”, indicó Carlos Caicedo.
La pregunta es inevitable: ¿a quién beneficia esta decisión? La respuesta parece clara. A la extrema derecha. El principal perjudicado es el bloque de izquierda, en especial la eventual candidatura de Iván Cepeda, a la que Caicedo le restaría votos y le reduciría la posibilidad de ganar en primera vuelta, asegurando casi con certeza una segunda vuelta presidencial.
La historia reciente de América Latina ofrece lecciones que no parecen haber sido aprendidas. La izquierda perdió el poder en Argentina, Bolivia, Ecuador y Chile como resultado de personalismos, divisiones internas y rivalidades que facilitaron el ascenso de la derecha y de “outsiders”, como ocurrió con Javier Milei en Argentina.
En Bolivia, la fractura entre Evo Morales y el gobierno de Luis Arce debilitó al Movimiento al Socialismo (MAS), promovió el voto nulo y en blanco y fragmentó el electorado de izquierda. El resultado fue que, en la disputa presidencial, los dos candidatos más fuertes pertenecieron a la extrema derecha, mientras que el mejor posicionado de la izquierda, Andrónico Rodríguez, no alcanzó siquiera el 9 % de la votación.
En Ecuador, la crisis interna de la izquierda se combinó con la conformación de un bloque de extrema derecha que articuló empresarios, políticos, jueces, medios de comunicación y estructuras ligadas al narcotráfico y la minería ilegal. La división entre correísmo, movimientos indígenas y comunidades afrodescendientes multiplicó candidaturas y diluyó el voto progresista, dejándolo al borde de la irrelevancia política.
Colombia no es ajena a estas prácticas. Algunos dirigentes han optado por un peligroso juego a dos cartas: mientras asumen una posición política pública, familiares o socios se incrustan en movimientos contrarios. En ese contexto se inscriben figuras ambiguas y contradicciones evidentes que erosionan la credibilidad del progresismo.
En el caso de Carlos Caicedo, la incoherencia resulta aún más notoria. Aunque hoy se muestra como contradictor de la izquierda que lidera Gustavo Petro, su hermana Patricia Caicedo fue la mujer más votada en la consulta interna del Pacto Histórico para el Senado, realizada el domingo 26 de octubre. Oficialmente presentada como exmiembro de Fuerza Ciudadana, lo cierto es que fue su hermano quien impulsó decisivamente su candidatura, logrando cerca de 75 mil votos, equivalentes al 3,20 % del total del Pacto Histórico.
El balance es contundente: personalismo, decisiones cerradas y ambiciones individuales han terminado debilitando proyectos colectivos. Si la izquierda colombiana no logra aprender de los errores propios y de las derrotas regionales, la historia podría repetirse. Y, una vez más, los mayores beneficiados no serían otros que sus adversarios políticos.