Soacha, atrapada entre el caos vial y la muerte en las vías

En Soacha, salir a la calle se convirtió en un riesgo cotidiano. Más de 61 personas murieron en siniestros viales durante el último año, una cifra que desnuda una crisis de movilidad que ya no puede leerse solo en términos de tráfico, sino como una verdadera emergencia de salud pública.

Por Henry Barbosa

Soacha cerró el año con un dato que duele y sacude: al menos 61 vidas se perdieron en sus vías. No son números fríos ni balances técnicos. Son madres, padres, hijos, trabajadores y estudiantes que no regresaron a casa. Son familias atravesadas por una tragedia evitable que evidencia algo más profundo que el desorden vial: el colapso de un sistema incapaz de proteger la vida.

La crisis de seguridad vial que vive el municipio es una de las más graves de su historia reciente. La Autopista Sur —clave para la conexión con Bogotá—, la vía a Mesitas, la vía Mondoñedo, la avenida Terreros y la vía Indumil, se repiten como escenarios de muerte. En estos corredores se repite un patrón conocido y doloroso: exceso de velocidad, señalización deficiente, ausencia de reductores, controles intermitentes y una convivencia cada vez más tensa entre conductores, motociclistas y peatones.

Pero reducir el problema a unos cuantos “puntos críticos” sería simplificar una realidad mucho más compleja. Lo que ocurre en Soacha es el reflejo de una ciudad desbordada, donde la movilidad dejó de planearse para sobrevivir al día a día. Según la Agencia Nacional de Seguridad Vial, en lo corrido de 2025 se contabilizaron 61 víctimas fatales por accidentes de tránsito, siete de ellas ocupantes de vehículos particulares.

Aunque la cifra representa una leve disminución frente al mismo periodo de 2024, ese descenso no consuela ni tranquiliza. Una sola muerte en las vías ya es demasiado. La persistencia de la siniestralidad confirma que la falta de infraestructura segura —señalización clara, reductores de velocidad, controles permanentes— no solo cobra vidas, sino que alimenta el caos que los ciudadanos padecen a diario.

Las motocicletas, hoy el medio de transporte más extendido en el municipio, aparecen involucradas en buena parte de los siniestros. No porque los motociclistas sean el problema, sino porque miles de personas se ven empujadas a movilizarse así: trabajadores que madrugan, estudiantes que corren contra el tiempo, padres y madres que hacen malabares para cumplir. Todo en un entorno hostil, sin pedagogía vial suficiente y bajo una lógica de supervivencia donde cada trayecto es una carrera contra el reloj.

El reto para la administración municipal es ineludible. Mejorar los tiempos de recorrido o aliviar los trancones es necesario, pero insuficiente si las vías siguen siendo territorios de imprudencia, informalidad y ausencia de autoridad. Las campañas de prevención no pueden seguir apareciendo solo después de cada tragedia. Deben ser políticas públicas permanentes, con metas claras, responsables identificados y resultados medibles.

Soacha no necesita más diagnósticos ni discursos. Necesita liderazgo, decisiones firmes y continuidad. También requiere el compromiso activo de los motociclistas, sus familias y los colectivos moteros, llamados a ser aliados clave en la construcción de una cultura de autocuidado y respeto. Aquí no se trata de buscar culpables, sino de asumir que la responsabilidad es compartida.

Hablar de movilidad en Soacha es hablar de dignidad, de salud pública y de defensa de la vida. Es reclamar un derecho básico: transitar sin miedo, sin que cada salida sea una ruleta rusa. Las más de 61 muertes no pueden seguir diluyéndose en informes técnicos o balances anuales.

Son una advertencia urgente. La administración tiene la obligación de corregir el rumbo antes de que la cifra siga creciendo. La ciudadanía, el derecho de exigirlo. Y la ciudad, en su conjunto, debe decidir si continúa normalizando el caos o si apuesta, de una vez por todas, por un modelo de movilidad que proteja la vida y no la ponga en riesgo. De esa decisión depende, literalmente, el futuro de Soacha.

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