TENEMOS HUEVO: Política S.A.: se vende democracia, poco uso

Por Eduardo García. Exclusivo para Soacha Ilustrada.

En la antigua Grecia, la política —dicen los libros polvorientos— nació como el arte de gobernar para el bien común. Fue concebida como una búsqueda incómoda de la verdad, soñada en manos de sabios capaces de despreciar el oro, elevada a la condición de ciencia suprema orientada a la felicidad colectiva. También fue entendida como la cosa de todos y se advirtió, desde temprano, que sin equilibrio entre los poderes todo terminaría inevitablemente oliendo a podredumbre.

Qué ternura. Qué ingenuidad tan clásica.

En Colombia y buena parte de América Latina, la política no es ya el arte de gobernar: es el arte de facturar. El bien común fue tercerizado. Los partidos funcionan como franquicias familiares; el logo importa más que el programa, los compromisos bajo la mesa y el apellido pesan más que cualquier idea. No hay ideologías: hay inventarios. No hay militantes: hay clientes frecuentes.

Los cargos públicos se venden, se compran o se heredan con más disciplina que las bibliotecas. Si los griegos hablaban de virtud, aquí hablamos de “cuota”. Si ellos soñaban con filósofos gobernantes, nosotros perfeccionamos la figura del gerente electoral. La polis fue reemplazada por la planilla Excel.

Y no es que nadie haya avisado. Desde hace mucho se advirtió que el gobierno debía nacer del país y no de ambiciones personales; pero aquí las ambiciones tienen acta de nacimiento notariada. También se temió la perpetuación en el poder; hoy la perpetuación tiene community manager y “caníbales” de pauta oficial o digital en medios de comunicación corporativos nacionales y locales. Se explicó, además, cómo ciertas élites administraban el poder como si fuera una finca privada; algunos entendieron tan bien la lección que ampliaron la hacienda. Y cuando se habló de democracias convertidas en mercado, nosotros fuimos más lejos: aquí hay combos, descuentos por volumen, presupuestos de gobernaciones y alcaldías y voto con financiación incluida.

La democracia, esa palabra que antes olía a plaza pública, hoy huele a contrato. El debate fue sustituido por el cálculo, la deliberación por el lobby, la ideología por el eslogan. La política ya no baja a las calles: sube a las tendencias. Y si la ética aparece, es solo para la foto.

No hay sorpresa, lo hemos sabido desde siempre y sin eufemismos: la política sin ética es simple negocio. Aquí hicimos del negocio una doctrina. La campaña es inversión; el cargo, retorno; el ciudadano, variable de ajuste.

No hay castidad, la gente observa, descreída. No porque ignore la teoría clásica, sino porque domina la práctica contemporánea: sabe que el poder no se conquista para servir, sino para servirse. Y cuando la política se vuelve empresa familiar, la república termina siendo una sociedad por acciones… pero sin accionistas ciudadanos.

Así que sí, la conclusión es evidente: mientras la política siga cotizando en bolsa moral a la baja, la democracia será un producto de vitrina. Muy exhibido, poco usado.

Y nosotros, espectadores disciplinados, seguiremos votando en temporada alta, como quien compra ilusión en rebaja. Porque en esta tierra el bien común existe —claro que sí—, pero siempre está agotado.