Una mujer contra la motosierra: protesta en la Séptima desata choque por modelo de ciudad

Liliana Buchelly se encadenó a un árbol en la carrera Séptima de Bogotá para denunciar la tala masiva impulsada por la Alcaldía. Su acción reaviva el debate sobre un modelo de desarrollo que, según críticos, sacrifica el medio ambiente en nombre del “progreso”.

En el corazón de Bogotá, una escena incómoda para el poder: una mujer sola, encadenada a un árbol, intentando frenar lo que considera un atropello ambiental. Liliana Buchelly decidió poner el cuerpo frente a las decisiones de la administración distrital, en rechazo a la tala proyectada en el corredor de la carrera Séptima.

No se trata solo de árboles. Se trata de un modelo de ciudad. Uno que, bajo el discurso del “progreso”, avanza con prisa y poca escucha, y que para sus críticos encarna una visión de la extrema derecha donde el cemento pesa más que la vida, y la rentabilidad urbana se impone sobre cualquier consideración ecológica.

“Porque me duele la naturaleza, no estoy de acuerdo con el ecocidio que el señor alcalde pretende perpetrar en la Séptima. Son más de 2.000 árboles los que quieren talar”, denunció Buchelly, mientras permanecía atada al tronco como último recurso de resistencia.

La respuesta institucional fue inmediata: un destacamento de la Policía Nacional de Colombia llegó al lugar. No era para escuchar, sino para desactivar. Para que la imagen incómoda desaparezca rápido, antes de que se vuelva símbolo. La escena, sin embargo, ya estaba hecha: una ciudadana enfrentando sola a toda una maquinaria administrativa.

El proyecto defendido por el alcalde de extrema derecha, Carlos Fernando Galán, insiste en venderse como modernización urbana. Pero para sectores ambientales y ciudadanos críticos, lo que se esconde detrás es una lógica vieja: arrasar primero, compensar después, y llamar “verde” a lo que ya no lo es.

En esa narrativa oficial, los árboles son reemplazables, las cifras justifican la intervención y el impacto ambiental se diluye en informes técnicos. Pero en la calle, la percepción es otra: la de una administración distante, que decide desde el escritorio y ejecuta sin asumir el costo ecológico real.

La protesta de Buchelly, aunque individual, rompe esa normalidad. Desnuda una tensión profunda: ¿qué tipo de progreso se está construyendo en Bogotá? ¿Uno que integra la naturaleza o uno que la reduce a obstáculo?

Porque cuando una ciudad necesita que una mujer se encadene a un árbol para ser escuchada, el problema ya no es solo ambiental. Es político. Y es ético.

La Séptima, símbolo histórico de la capital, se convierte así en escenario de una disputa mayor: la de una ciudadanía que empieza a cuestionar un modelo de desarrollo que habla de futuro mientras arranca de raíz su presente verde.