![]()
Por Eduardo García. Exclusivo para Soacha Ilustrada.
Eran como las seis de la tarde en un barrio de Soacha.
Llovía esa llovizna triste que vuelve barro las calles y promesas los discursos.
En una casa humilde, una mamá trataba de rendir el arroz mientras hacía milagros financieros con media libra de papa y un huevo partido en cuatro.
De repente:
—¡TOC TOC TOC!
La niña más pequeña salió corriendo a abrir la puerta, porque en esos barrios uno nunca sabe si llegó la tía con pan, el del gas… o un cobrador disfrazado de servidor público.
Abrió apenas un poquito, dejando puesta la cadena por seguridad democrática.
Afuera había un señor barrigón, perfumado como notaría en diciembre, con sonrisa de campaña y una camiseta más limpia que su hoja de vida.
—Buenas tardes, princesa —dijo el hombre—. Venimos trabajando por el cambio.
Queremos acabar con la pobreza en Soacha.
La niña se quedó mirándolo unos segundos, confundida, como quien escucha a un pirómano ofreciendo cursos de bombero.
Cerró la puerta despacio y gritó hacia la cocina:
—¡Mamááá! ¡Hay un político de Soacha aquí!
Desde la cocina respondió la mamá:
—¿Y qué quiere ese milagro de corrupción?
—Dice que viene a acabar con la pobreza…
Hubo un silencio corto.
Se escuchó apenas el aceite fritando y una risa llena de años de impuestos, trancones y promesas incumplidas.
Entonces la mamá gritó:
—¡Será la de él, el hijueputa… porque la del barrio ya lleva tres alcaldes, diecinueve concejales y dos campañas presidenciales sobreviviendo invicta!
El político sonrió nervioso, acomodó la gorra del “tigre” y sacó un volante.
La mamá salió entonces hasta la puerta, secándose las manos en el delantal.
—Mire, doctor… ustedes sí cumplen lo que prometen.
El hombre, emocionado, respondió:
—¿Sí ve? La gente está reconociendo nuestro trabajo.
—Claro —dijo ella—. En cada elección prometen acabar con la pobreza… y después de cada cuatro años, terminan acabando hasta con el nido de la perra