No es pereza: señales de que un joven se desconecta del estudio y el trabajo

No todo adolescente desmotivado está “simplemente desganado”. La desconexión temprana con la escuela y el empleo puede afectar autoestima, hábitos y futuro si no se identifica a tiempo.

No todos los jóvenes que aplazan estudios, posponen la búsqueda de empleo o se aíslan atraviesan solo una etapa de desinterés o desorden. En muchos casos, lo que parece falta de ganas es el inicio de una desconexión profunda con la escuela, el trabajo y el proyecto de vida, un fenómeno que los adultos suelen interpretar tarde.

En Colombia, uno de cada cuatro jóvenes está fuera de los estudios y del empleo, una cifra que obliga a identificar señales tempranas antes de que la inactividad se vuelva crónica.

Según Ingrid Marcela Cuervo Méndez, docente de la Licenciatura virtual en Ciencias Sociales de Areandina, la clave está en cómo la inactividad comienza a reorganizar la vida del joven. “Un bache puntual no rompe la estructura ni las metas. La desconexión profunda afecta hábitos, autoestima y vínculos con el entorno”, explica.

Entre las primeras alertas se encuentran cambios en hábitos diarios: descuido de la higiene, alteración del sueño, noches dedicadas a actividades evasivas y síntomas físicos sin causa médica clara, como fatiga o dolor de cabeza. También es señal de alarma el retiro de redes de apoyo y la disminución en la participación de responsabilidades.

En el ámbito escolar, la desconexión se refleja en absentismo recurrente, repitencia, sobreedad, mínima entrega de tareas y poca interacción con docentes. Este patrón genera una “exclusión latente”: el joven permanece matriculado, pero ya no se siente parte del proceso educativo.

“Hay un momento en que el joven deja de imaginar su futuro. Esa pérdida de perspectiva impacta identidad, autoestima y sentido de utilidad”, añade Cuervo.

La desconexión rara vez es solo cuestión de voluntad. A menudo surge de transiciones mal resueltas entre colegio, formación y empleo. Factores familiares (ausencia de apoyo afectivo, conflictos, cargas desproporcionadas), escolares (estigmatización, bajas expectativas) y económicos (pobreza, precariedad laboral, desconfianza en la educación) también inciden, junto con la sobreexposición digital y el desgaste emocional.

Intervenir a tiempo requiere un enfoque coordinado:

  • Familia: evitar etiquetas de “vago” y ofrecer apoyo práctico y emocional.
  • Escuela: tutorías personalizadas y expectativas altas pero alcanzables.
  • Trabajo: programas de aprendizaje con acompañamiento y práctica remunerada para evitar que la inserción laboral se convierta en otro fracaso.

“Lo más importante es no reaccionar solo con regaños. Cuando un joven percibe que alguien está dispuesto a acompañarlo sin humillarlo, aumenta la posibilidad de reconexión”, concluye la docente.

Detectar la desconexión a tiempo puede marcar la diferencia entre una pausa superable y una exclusión prolongada. No siempre es falta de ganas: a veces, es un grito silencioso por ayuda y guía.