“Defensores de la Patria” o el retorno elegante del miedo como política

Por Henry Barbosa

Hay preguntas que uno no sabe si responder con un café, un exorcismo o un manual de supervivencia democrática. Una de ellas es esa clásica: “¿Por qué votarías a ojos cerrados por X candidato?”.

La respuesta corta suele ser “convicción”. La respuesta larga, en este caso, exige estómago, paciencia y una buena dosis de humor negro para no salir corriendo a abrazar la abstención como si fuera un salvavidas filosófico.

Porque después de leer —con disciplina casi monástica— el famoso programa “Patria Milagro” del movimiento “Defensores de la Patria” de Abelardo de la Espriella, uno queda con la sensación de haber hojeado una mezcla entre distopía de bajo presupuesto, thriller político extremo y manual de cómo convertir un Estado moderno en una discusión permanente con la fantasía.

Según esta lectura crítica, el documento no propone simplemente “reformas”. No. Propone algo mucho más ambicioso: una especie de reinvención acelerada del país donde el Estado Social de Derecho aparece como un error de diseño que conviene corregir con la delicadeza de una motosierra.

En esta narrativa programática —o en lo que algunos podrían llamar una épica del orden absoluto— el país no transita hacia un modelo institucional más eficiente, sino hacia una lógica donde la seguridad parece ocupar el lugar del oxígeno: invisible, pero omnipresente y, sobre todo, determinante de todo lo demás.

La primera escena de esta obra imaginaria es la gran reducción del Estado. Un recorte quirúrgico del aparato institucional que, visto desde la óptica del optimismo radical, promete eficiencia; y visto desde la óptica del ciudadano promedio, promete algo más simple: ver cómo desaparecen entidades como si fueran archivos innecesarios en un computador viejo.

El problema —si se sigue la lectura más crítica del texto— es que en ese proceso de “depuración” el Estado no solo adelgaza, sino que cambia de piel. Y la piel nueva no parece precisamente hecha de garantías sociales, sino de una lógica donde lo público se reconfigura como una estructura mínima, casi simbólica, acompañada de un músculo fuerte en seguridad, el fascismo en pleno apogeo.

Y aquí entra el segundo acto: la seguridad como protagonista absoluta.

En el guion, el conflicto social no se resuelve; se administra. Y la protesta no se interpreta; se contiene, se elimina de tajo. Y la oposición no se debate; se clasifica. Todo esto, por supuesto, en nombre de la eficiencia moral del orden, es decir, el nazismo reencauchado.

Uno podría decir —si quiere conservar algo de optimismo— que se trata de una visión dura del Estado. Pero la lectura más crítica sugiere otra cosa: un país donde la categoría de “enemigo interno” deja de ser un fantasma retórico para convertirse en un comodín político demasiado útil, todo vale como en la época de los “chulavitas”.

Y como en toda buena distopía latinoamericana, no puede faltar el tercer ingrediente: la ciudadanía armada como complemento del orden público. Una idea que, en teoría, suena a empoderamiento cívico; pero en la práctica histórica de Colombia suena más bien a déjà vu con acento peligroso, vuelven las convivir, las Auc, los “falsos positivos”. Colombia ya vio esta película, y no terminó precisamente con créditos felices.

En este punto, la ironía se vuelve inevitable: el país que todavía discute cómo desarmar la violencia estructural, ahora coquetea —según esta interpretación crítica— con la idea de multiplicar los actores armados “de buena voluntad”. Como si la solución a los incendios históricos fuera repartir más fósforos, pero con uniforme moral.

El cuarto capítulo es el más delicado: el lenguaje de la fuerza.

Aquí el discurso deja de ser técnico y se vuelve emocional. Se habla de “neutralizar”, de “responder con contundencia”, de “no tolerar la criminalidad”. Palabras que, en abstracto, podrían sonar razonables en cualquier manual de seguridad pública. El problema —según esta lectura— es cuando la contundencia se convierte en sustituto del debido proceso y la emoción sustituye al derecho.

Y entonces aparece el fantasma inevitable del pasado reciente: un país que ya conoce lo que ocurre cuando la eficacia se mide en cuerpos y no en justicia. El sarcasmo aquí se vuelve incómodo, porque no es literatura: es memoria con sabor a amenaza.

El quinto acto es la paz. O más bien, la idea de la paz como proyecto desmontable.

Se plantea —siempre bajo esta interpretación crítica— una relación conflictiva con los acuerdos de paz, la justicia transicional y los mecanismos internacionales de observación. En esta lógica, la paz no es un proceso en construcción sino una especie de obstáculo administrativo que estorba la velocidad de la decisión.

Y entonces la ironía se vuelve casi trágica: un país que ha tardado décadas en intentar salir de la guerra, discutiendo si el camino más eficiente no sería, quizás, simplificar el problema eliminando sus herramientas de resolución, sino, volver a la ley del más fuerte.

El sexto capítulo introduce una tensión adicional: el rol de las instituciones internacionales. En esta narrativa, lo global aparece como interferencia, y lo interno como soberanía absoluta. Un viejo dilema latinoamericano que siempre regresa disfrazado de novedad.

Y finalmente, el último acto: la sociedad ideal.

Una sociedad organizada alrededor de la familia como núcleo central, la seguridad como columna vertebral y la disciplina como horizonte. Una arquitectura social que, leída con benevolencia, podría llamarse orden. Y leída con algo de memoria histórica, podría llamarse otra cosa.

La ironía final es que todo esto se presenta, por supuesto, como un camino hacia la estabilidad. Pero la estabilidad, en el devenir político, suele ser una palabra peligrosa cuando viene acompañada de demasiados silencios obligatorios y preguntas, ¿la estabilidad de quienes?

Y entonces uno vuelve a la pregunta inicial: ¿por quién votarías a ojos cerrados?

Al final, la respuesta es simple.

No voto movido por odios, venganzas ni fanatismos. No voto por quienes prometen más guerra, más confrontación o más enemigos. No voto por quienes creen que la fuerza puede reemplazar a la democracia o que el miedo puede convertirse en proyecto de nación.

Voto por la vida.

Voto por la vida de los jóvenes que no deben seguir siendo carne de cañón de ninguna guerra. Voto por la vida de los líderes sociales que merecen ejercer su labor sin amenazas. Voto por la vida de las mujeres, de los campesinos, de las comunidades históricamente excluidas y de todos aquellos que durante décadas han pagado con sangre los errores de una dirigencia incapaz de construir paz.

Voto por la vida porque Colombia ya conoce demasiado bien el lenguaje de las balas, de la persecución por las ideas y de la violencia como método de gobierno. Hemos enterrado demasiados muertos para seguir creyendo que el camino es volver atrás.

Por eso mi decisión es clara. No porque crea que exista un candidato perfecto, sino porque existen proyectos políticos que representan visiones profundamente distintas del país. Entre quienes apuestan por profundizar la confrontación y quienes defienden la construcción de una sociedad más democrática, más incluyente y más humana, yo elijo la vida.

Y cuando llegue el momento de votar, volveré a hacerlo por la misma razón.

Porque votar por la vida es votar por el futuro de Colombia, y si, “votaría por Iván Cepeda a ojo cerrado”.

henrybarbosa@outlook.com