Jacqueline Castillo, la voz de las madres de Soacha reconocida como defensora del año

Desde que el Ejército colombiano engañó y asesinó a su hermano para hacerlo pasar por guerrillero muerto en combate e inflar las cifras de éxito militar del gobierno de Álvaro Uribe Vélez en el conflicto armado, Jacqueline Castillo se convirtió en una de las voces más visibles en la lucha contra la impunidad de los llamados falsos positivos.

Son crímenes de Estado, directamente”, afirmó en entrevista a medios de comunicación Jacqueline Castillo, representante de la Fundación Madres de los Falsos Positivos de Soacha y Bogotá (Mafapo). Su incansable labor fue reconocida recientemente con el premio “Defensora del año”, otorgado por la ONG Diakonia y el programa Act Iglesia Sueca, con el apoyo de la Embajada de Suecia en Colombia.

En la ceremonia, Castillo lució una camiseta con un número grande en amarillo: 6.402, la cifra de civiles que, según la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), fueron engañados y ejecutados extrajudicialmente por el Ejército entre 2002 y 2008, durante el gobierno del expresidente Álvaro Uribe. Entre ellos estaba Jaime, su hermano menor.

El dolor convertido en lucha

Jaime desapareció en Bogotá el 10 de agosto de 2008 y apareció muerto dos días después en Norte de Santander, a cientos de kilómetros, en la frontera con Venezuela. Su caso hoy avanza en la JEP, que en septiembre dictó la primera condena por crímenes de guerra y de lesa humanidad contra doce exmilitares responsables de más de un centenar de estas ejecuciones.

Las penas, que van de cinco a ocho años, no se cumplen en prisión sino a través de trabajos restaurativos. “No era lo que esperábamos, uno anhelaría condenas ejemplares”, reconoce Castillo. Sin embargo, destaca el valor de que los militares hayan admitido sus crímenes y lo hicieran “mirando a la cara a las víctimas”.

“Sus nombres, sus rostros, ya quedan en la historia de este país y eso nadie jamás lo podrá borrar”, añade.

El nacimiento de Mafapo

Cuando Jaime fue asesinado, Castillo tenía 44 años y trabajaba como auxiliar de enfermería en Bogotá. Durante la búsqueda de su hermano descubrió que no estaba sola: en Soacha encontró decenas de madres con la misma tragedia, cuyos hijos fueron reclutados con falsas promesas de empleo y luego asesinados en el norte del país.

“Nunca me imaginé que Jaime haría parte de ese horror”, confiesa. Hasta entonces, veía a los soldados como “héroes”. El hallazgo la llevó a fundar, junto a otras mujeres, Mafapo: una organización para mantener viva la memoria, exigir justicia y “limpiar los nombres de nuestros familiares para demostrar que no habían sido guerrilleros”.

Memoria y justicia

Castillo y las madres de Soacha recorrieron plazas, tribunales, universidades y colegios con pañuelos blancos y pancartas, convirtiéndose en un símbolo de resistencia civil. “Son nuestros jóvenes quienes nos motivan a seguir trabajando por un mejor futuro”, sostiene.

A pesar del dolor, también abraza la compasión. Reconoce que algunos soldados fueron presionados a cometer los crímenes: “Si desobedecían, podían ser asesinados por sus propios compañeros”. Para ellos, considera que la justicia restaurativa de la JEP puede ser una segunda oportunidad.

“Por más que les den 60 años de condena no nos van a devolver la vida de quienes se la arrebataron”, concluye.

El nombre de Jacqueline Castillo, hoy reconocida internacionalmente, es también el de cientos de madres que no descansan hasta que el país reconozca su verdad: los falsos positivos fueron crímenes de Estado y sus víctimas jamás podrán ser olvidadas.