Este año confluyen el mundial de futbol y las elecciones en Colombia, dos espectáculos que como se mire tienen emoción, mitos, ritos, símbolos y uno que otro….personaje grotesco.
Este año se nos juntan dos espectáculos de alto riesgo cardíaco: el mundial de fútbol y las elecciones en Colombia. Dos campeonatos donde abundan la emoción, los mitos fundacionales, los ritos colectivos, los símbolos patrios… y uno que otro personaje que parece escapado del casting de una película de terror de bajo presupuesto.
Ambos eventos paralizan al país. En uno discutimos si el técnico debió meter línea de tres; en el otro, si el candidato debió meter a su primo en la lista. En ambos casos, el resultado final siempre es culpa del árbitro, del VAR o de la Registraduría.
En el fútbol hay partidos cuando dos equipos se enfrentan en juegos amistosos o de campeonato. En la política también: el Partido Conservador y el Partido Liberal —para no hablar de los otros treinta y pico, porque no alcanza ni el papel ni la paciencia—, además del clásico eterno entre Gobierno y oposición, que es como ese derby regional que se juega cada cuatro años y termina en empate técnico… pero con celebración anticipada de ambos lados.
Los equipos adoptan uniformes y colores tradicionales. En política no cantamos mal la tabla cromática: azul para el conservador, rojo para el liberal, amarillo para el Polo, verde para los verdes y una policromía digna de carnaval para el resto de movimientos, coaliciones, disidencias, reencauchados y partidos “de autor” o sea “yo con yo”. Hay más combinaciones que en una tienda de pinturas. El problema es que, sin importar el color, la camiseta termina siempre manchada.
En el fútbol se juega de local en la plaza propia; en política, los candidatos también llenan plazas públicas. Cambia el estadio por la tarima, el director técnico por el asesor de imagen y la barra brava por aúlicos, contratistas y lame culos convertidos en aplaudidores oficiales. En ambos escenarios hay arengas, promesas de gloria y medios de comunicación vendedores de pauta abriéndose espacio codo a codo contra vendedores ambulantes.
Los equipos tienen capitán. Las organizaciones políticas también. Ahí están —por citar apenas algunos— Vargas Lleras, Uribe, Fajardo, Gaviria, Galán… líderes que, según la hinchada, son estrategas incomprendidos o cracks incomparables. Según el rival, son responsables de todos los goles en contra desde la independencia.
En el fútbol es común el pase de un jugador a otro equipo. La política aprendió rápido: la fidelidad partidista es una reliquia de museo. Hoy el tránsfuga cambia de partido como quien cambia de camiseta al final del primer tiempo. Y si en el fútbol se sanciona la piratería, en política se castiga la trashumancia… siempre y cuando el infractor no tenga buen padrino.
Antes de cada partido hay análisis y apuestas millonarias. En elecciones, lo mismo: encuestas que suben y bajan como acciones en bolsa, opinadores que “leen el partido” con una precisión que haría sonrojar a cualquier astrólogo, y apuestas silenciosas sobre ministerios, contratos y cuotas burocráticas. Aquí también hay quinielas, pero el premio no es una copa sino un presupuesto.
En las charlas técnicas todos los entrenadores ganan el partido. En campaña, todos los candidatos ya tienen el 60 % asegurado, según la encuesta que pagaron ellos mismos. En la teoría, goleada. En la cancha, sorpresa. Y después del pitazo final, conferencia de prensa para explicar que “el pueblo aún no estaba preparado para nuestra propuesta táctica”.
Los aficionados al fútbol persiguen a los jugadores para fotos y autógrafos. En temporada alta electoral, vemos lo mismo: selfies, abrazos calculados, besos a bebés estratégicamente seleccionados y promesas firmadas con marcador indeleble… que curiosamente se borra apenas se cierra el escrutinio.
Y tanto se parece la política al fútbol que, así como los mundiales ahora incluyen más equipos para aumentar las ganancias de la FIFA, en Colombia proliferan los partidos hasta superar la treintena. Algunos son tan familiares que podrían jugar el torneo en el patio de la casa. Ejemplo de que la democracia también puede ser empresa familiar, con junta directiva en la sala y asamblea en el comedor.
Pero más allá de la metáfora deportiva, lo inquietante es otra cosa: la política, ese arte noble que alguna vez prometió servicio y bien común, se nos volvió un negocio redondo. Lo que debía ser vocación terminó siendo inversión. Y donde antes había ideología, ahora hay flujo de caja.
Las campañas ya no se miden por la solidez de las propuestas, sino por el tamaño de la chequera. Los partidos, otrora escuelas de debate, parecen franquicias que buscan retorno de inversión. El candidato no es un servidor público: es un proyecto financiero con expectativa de rentabilidad a cuatro años, renovable.
El resultado es devastador. La ciudadanía mira el torneo democrático como quien ve un partido amañado: sabe que algo huele mal, pero igual compra la boleta porque no hay otro espectáculo en cartelera. Se erosiona la confianza, se multiplica el cinismo y crece la sospecha de que el marcador ya estaba pactado antes del saque inicial.
En vez de líderes comprometidos con la justicia y la equidad, proliferan gerentes de intereses, administradores de favores y hábiles cobradores de cheques políticos. El balón ya no rueda: circula. Y no precisamente por la cancha.
Así que prepárese, querido lector: viene temporada alta de goles discursivos, promesas olímpicas y celebraciones anticipadas. Sonará el himno, ondearán las banderas y todos jurarán que ahora sí jugamos limpio.
Y como siempre pasa, tanto en política que —gane quien gane— al final el votante siempre pierde, como en el fútbol, donde es común ver el hincha desilusionado que sale del estadio escupiendo resignación y repitiendo el viejo mantra nacional: “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Aunque el desenlace haya sido la eliminación en penales, con drama incluido, y para completar.… pagando la cuenta del estadio.