RÉQUIEM

Los muertos no pagan las consecuencias de sus decisiones. Los vivos sí. Esta es una reflexión amarga sobre una generación que votó guiada por sus miedos, confundió el odio con la razón y terminó dejándoles a sus descendientes un futuro incierto.

Por Henry Barbosa

Ya estoy viejo.

Tal vez no llegue al 2030. Quizás me derrote un infarto escondido en alguna madrugada cualquiera. Tal vez un cáncer silencioso, una moto sin frenos, un conductor distraído, una escalera traicionera o una simple gripa convertida en sentencia. A esta edad uno deja de preguntarse si va a morir y empieza a preguntarse únicamente cuándo.

Por eso no me preocupa demasiado el país que tendré que soportar en los próximos años. Lo más probable es que muchos de los que hoy celebran tampoco alcancen a verlo completo. Muchos de los viejos y ancianos que votaron movidos por el odio a Petro, por el resentimiento o por el miedo, por encima de cualquier consideración sobre el futuro, tampoco estarán aquí para contemplar las consecuencias de su decisión.

Los muertos tienen una ventaja inmensa: nunca pagan las cuentas que dejan pendientes.

Pero sus hijos sí.

Sus nietos también.

Y sus bisnietos mucho más.

Serán ellos quienes hereden el país que hoy les han hipotecado y regalado a la mafia. Serán ellos quienes carguen sobre los hombros las ruinas de una nación entregada, una vez más, a la caterva más corrupta, más voraz y más despiadada que ha parido la historia republicana de Colombia.

No les quitarán la vida.

Sobrevivirán.

Sobrevivir es algo que los colombianos hemos aprendido a hacer con una habilidad casi miserable.

Sobrevivirán como panaderos, meseros, vigilantes, ayudantes de construcción, vendedores ambulantes, conductores informales o migrantes en cualquier rincón del planeta donde todavía acepten colombianos sin pedir certificado psiquiátrico del país de origen.

Algunos, empujados por la desesperación, terminarán encontrando en el delito el único ascensor social que les quede disponible.

No les acabaron la vida.

Algo mucho peor.

Les mataron EL FUTURO.

Y un país sin futuro es apenas una geografía habitada por fantasmas.

Por mi parte, no me queda mucho por hacer. Quizás me dedique a destruir las camisetas de la Selección Colombia que durante décadas coleccioné con una fe casi infantil. Porque ya no veo en ellas el símbolo de una nación que sueña junta, sino una especie de camisa política amarilla, un uniforme involuntario utilizado por una multitud que aprendió a votar contra sí misma con una disciplina admirable.

Las usaron por ignorancia, ingenuidad o ambas cosas.

Aquellas camisetas que alguna vez representaron esperanza hoy me recuerdan demasiado a otros uniformes que la historia jamás consiguió perdonar: las camisas negras que marcharon por Italia al ritmo del fascismo y las camisas pardas del nazismo que acompañaron el ascenso de la barbarie en Alemania.

Y no es una comparación deportiva.

Es una sensación histórica.

La sensación de estar presenciando, una vez más, el instante exacto en que una sociedad confunde la rabia con la razón, el castigo con la justicia y la venganza con la política.

Los viejos que votaron hoy quizá descansen mañana bajo lápidas silenciosas.

Pero sus descendientes seguirán aquí.

Y cuando pregunten quién les robó el porvenir, encontrarán la respuesta escrita en los resultados electorales y en los epitafios.

Entonces comprenderán que hay herencias peores que la pobreza.

Y que algunas generaciones no transmiten riqueza ni valores.

Transmiten desastres.

Que Dios tenga misericordia de Colombia.

Porque los colombianos, evidentemente, ya no la tienen consigo mismos.

henrybarbosa@outlook.com