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Por Ángel Humberto Tarquino**
A medida que nos acercamos a las próximas elecciones territoriales, en las que se elegirán gobernadores, diputados, alcaldes, concejos y ediles, pareciera que, en lugar de acercarnos a la posibilidad de ser poder, cada vez nos alejamos más de ella.
El preocupante estado de división que atraviesa la unidad al interior del Pacto, sumado a las fracturas que también existen dentro de algunas de estas organizaciones, demuestra con claridad que la consigna según la cual “la unidad es la victoria” corre el riesgo de convertirse en una frase vacía. Y mientras esto ocurre, la extrema derecha no escatima esfuerzos en aprovechar cada una de nuestras diferencias para consolidarse en el poder.
Para las fuerzas políticas que integran esta alternativa de cambio, construir y mantener la unidad se ha convertido en una verdadera utopía que podría poner en riesgo los logros alcanzados hasta hoy, conquistas por las que se ha pagado un alto costo en vidas de muchos hombres y mujeres que han luchado por transformar el país. Esta situación hará aún más difícil alcanzar el poder territorial, que será clave para avanzar hacia la recuperación del poder nacional.
Las fuerzas políticas y los sectores sociales que conforman el campo alternativo, vuelen a reeditar las actitudes y comportamientos políticos e ideológicos del pasado, resucitando o manteniendo latentes los fantasmas del individualismo, el sectarismo los dogmatismos, las posturas autoritarias y caudillistas que amenazan con socavar la frágil unidad.
Esas lamentables circunstancias de fragilidad de la unidad, en especial en nuestro territorio, pero seguramente también en otros, solo le hacen el juego al surgimiento de propuestas recicladas de la derecha que pretenden erigirse como los salvadores de la debacle que ellos mismos propiciaron teniendo en sus manos el poder
Se debe recobrar y fortalecer la fraternidad y el reconocimiento reciproco de nuestra identidad política necesaria para tramitar las diferencias, la recuperación de la perdida de la capacidad de crítica y la autocrítica que debe caracterizar el campo alternativo, los movimientos políticos de izquierda progresista y democrática para superar los errores que costaron la pérdida del poder al Pacto Histórico en las pasadas elecciones.
Que sobre las decisiones colectivas imperen los intereses individuales, que sobre el interés individual prevalezca el general, que el autoritarismo le cierre el paso a la democracia, que las roscas a las que tanto se critica, no impidan la expresión de la diversidad ideológica de izquierda, progresista y democrática en la que se funda su fuerza y su riqueza,
No podemos permitir que las diferencias internas, las aspiraciones personales o las disputas por espacios de poder, terminen haciendo lo que nuestros adversarios políticos no han podido hacer: debilitar desde adentro una alternativa que nació precisamente para transformar las condiciones políticas y sociales del país.
La unidad no significa pensar todos igual ni renunciar a las diferencias. Significa tener la capacidad de reconocer esas diferencias, debatirlas con respeto y construir acuerdos alrededor de aquello que nos une y lo que nos diferencia. Significa entender que nadie es dueño absoluto de la verdad, y que ningún liderazgo individual, por importante que sea, está por encima del proyecto colectivo.
Pero la “unidad” tampoco puede convertirse en una palabra que se invoca cuando conviene y se olvida cuando aparecen las diferencias. Si realmente creemos que “la unidad es la victoria”, debemos asumirla como una práctica política cotidiana y no solamente como una consigna ocasional o electoral.
Necesitamos recuperar la capacidad de escucharnos, de debatir sin convertir al contradictor en enemigo, de reconocer nuestros propios errores y de entender que la diversidad no es una amenaza sino una fortaleza porque lo que realmente pone en riesgo este proyecto es la incapacidad para tramitar nuestras diferencias sin destruirnos entre nosotros.
Por eso, antes de señalar, estigmatizar o excluir a quien piensa diferente, es necesario hacer un ejercicio sincero de autocrítica y preguntarnos qué estamos haciendo cada uno de nosotros para fortalecer el proyecto que decimos defender. Porque nadie puede pretender tener la autoridad moral para señalar al otro si no está dispuesto a revisar primero sus propias actuaciones equivocaciones y errores.
No puede ser que sobre las decisiones colectivas terminen imponiéndose las decisiones individuales; que sobre el interés general prevalezca el interés personal; que el autoritarismo le cierre el paso a la democracia; que las roscas que tanto cuestionamos impidan la llegada de nuevos e inspiradores liderazgos, o que las posiciones hegemónicas terminen silenciando la diversidad ideológica y política de la izquierda, el progresismo y las fuerzas democráticas porque en esa diversidad debería radicar nuestra mayor fortaleza.
**Ángel Humberto Tarquino (Soacha, 1960), sociólogo, docente, escritor, historiador, periodista y columnista de SOACHA ILUSTRADA.