Conmovedor relato de Pastora Mira García al papa Francisco

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A penas comenzó a hablar, el rostro de Pastora Mira García caló profundo en la mente del papa Francisco. “Doy gracias a Dios y en nombre propio y de las miles de víctimas que se han sobrepuesto a tener la capacidad de nombrar lo innombrable y perdonar lo imperdonable”, dijo con su voz altiva, que le mereció una oleada de aplausos, y que dejó entrever que su historia sería un reflejo de la violencia que han sufrido las mujeres por el conflicto armado en Colombia.

En Villavicencio, la segunda ciudad que ha recibido al Sumo Pontífice, en su paso por Colombia, compartió su testimonio junto a tres personas más, símbolo de perdón entre los diferentes actores de la guerra. Luz Dary Landazury, víctima de la explosión de un artefacto; Deisy Sánchez Rey, excombatiente de las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y Juan Carlos Murcia, exguerrillero de las Farc.

A este “Encuentro de la reconciliación”, adonde llegaron sobrevivientes de varias regiones de Colombia, en el parque Las Malocas, fue llevado el Cristo mutilado de Bojayá (Chocó), representación de la masacre ocurrida en 2002, cuando un cilindro bomba, arrojado por las Farc, mató a 79 personas que se refugiaban en una iglesia.

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“Cuando tenía seis años, la guerrilla y los paramilitares aún no habían llegado a mi pueblo San Carlos (Antioquia), y aun así mi padre fue asesinado”, continuó Pastora. Narró que  cuando su hija tenía dos meses, a su primer esposo lo asesinaron. Luego, entró a trabajar a una inspección de policía, pero tuvo que renunciar por la amenaza tanto de la guerrilla como de los paramilitares, que ya estaban establecidos en la zona. “Con grandes esfuerzos logré establecer una piñatería (juguetería), pero allí continuaron las extorsiones, de los mismos grupos” y tuvo que regalar toda la mercancía.

Años más tarde, en el 2001, los paramilitares “desaparecieron” a su hija Sandra Paola. “Emprendí su búsqueda. Pero encontré el cadáver solo después de haberla llorado por siete años”.

Este sufrimiento fue el punto de partida para darse cuenta de que era más sensible frente al dolor ajeno. Ya en el 2004 decidió que era el momento de acompañar y trabajar hombro a hombro con las familias víctimas de la desaparición forzada y en condición de desplazamiento. Labor que aún realiza. En 2016,  fue una de las víctimas que acompañó al presidente colombiano, Juan Manuel Santos, a recibir el premio Nobel de la Paz.

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“Pero no todo estaba aún cumplido”, explicó. “En el año 2005, el Bloque Héroes de Granada de los paramilitares asesinó a Jorge Aníbal”, su hijo menor. Tres días después de sepultarlo, y con el dolor vivo por su muerte, una prueba de perdón la enfrentó consigo misma para no causarle ningún daño a uno de los asesinos de su hijo. Recibió en su casa a un joven y lo acogió en la habitación que era de su hijo. “Al salir de la casa, el joven vio las fotos y reaccionó contándonos que hacía parte de ese grupo y era uno de sus asesinos. Y además nos narraba cómo lo habían torturado”.

Así, Pastora transmitió su mensaje: los colombianos deben transformarse para tener la capacidad de perdón para romper el ciclo de violencia que en las últimas cinco décadas ha sufrido el país.

En respuesta a su relato, el papa, le dijo: “Gracias Pastora por el gran bien nos haces hoy a todos con el testimonio de tu vida”.

Septiembre 10 de 2017

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